domingo, 10 de enero de 2010

Lord knows, it would be the first time

Vienes hacia mí como todos los otros
a beber té como hacen todos los demás.
Es como si la nostalgia por un país perdido
fuera a roernos el corazón...

No, no te llamaré ni te reprocharé nada,
por ahora no somos amigos ni adversarios.
Qué tristes y miserables y solitarios
suenan tus pasos allá abajo.

N. Poliakova.

La primera vez que lloré con un libro fue Clemencia; ése poético final donde ella se da cuenta que debió haber amado a quien yacía acribillado en el piso. La situación dio para que ella sufriera por un cabrón insufrible y ni siquiera mirase a aquel de alma noble y buenos sentimientos (sic). Lloré horrores mientras narran la escena del fusilamiento, ella se desmaya, despierta y corre con él cuando está caído, le dice que era a él a quien debió haber amado, él ya no puede oírla ni sentir las lágrimas cayendo en su piel morena. Lloréllorélloréhastamoquear.
No me gustaba sentir. No es que no me gustase, es que me daba pena sentir. Por eso nunca me gustó la poesía, algunas me hacían sentir tanto que me avergonzaba. Aún ahora no leo poesía, la prosa me satisface más, pero ya no me azoto pensando en lo que siento al leerla, nomás siento y ya, no sólo al leer, estoy en la fase de extenderla a otros aspectos de mis diarios días.
Y el lunes ya está a unas horas de la orilla de mi cama. Fooooooc mi.

El poema salió de un libro que estoy leyendo, es el que me pareció que tiene menos nacionalismo.

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